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Llegué al punto de encuentro y me senté en una mesa para dos. Mientras esperaba comencé a repasar las preguntas que había preparado, pero no hicieron demasiada falta. “Mirá que voy tener puesta una boina”, me advirtió para poder reconocerlo. Pero tampoco hizo falta que me fije en ese detalle. Apenas se abrieron las puertas del bar me di cuenta que era él, Alberto Bono, “el Flaco”, como se lo conoce en el ambiente.
Este pintor y bandoneonísta rosarino comenzó a tocar profesionalmente con tan sólo 14 años, en la confitería Cifré, punto de encuentro de los amantes del tango y del jazz de la época, allá entrados los 50. Joven, pero pícaro, Alberto tiene grabadas en sus retinas las postales que aquellos años le dejaron. “Soy un tipo muy observador. Me gustaba ver cómo se formaban las parejas, los acercamientos, cómo se movían. El tango tiene esa cosa de pasión, de sensualidad. Me gustaba mirarle las piernas a las mujeres”.
Sus inicios en la pintura fueron de la mano del maestro Luchina, quien lo introdujo al mundo de los colores mientras Alberto vivía en Buenos Aires y se ganaba la vida como galán de fotonovelas y actor publicitario. Hoy, pasados los años, las pinturas del Flaco recorren el mundo. “No me doy cuenta si tengo éxito o no. A veces me dicen que se vendió un cuadro en tal lado… y bueno, no me entero. Me conformo con saber que el cuadro está colgado y que le gusta a la gente”, contó.
Alberto Bono es un trotamundo. Él, su bandoneón y su paleta, recorrieron ciudades del todo el globo, exponiendo su trabajo en países como Francia, Italia, Japón y Estados Unidos, entre otros. Pero fue en España donde tuvo su mayor éxito: “Me paraba la gente por la calle y me decía que me conocía de haber estado en la tele o que había visto o comprado una de mis pinturas. Fue algo hermoso”.
Me contó que se sentaba en el puerto y que pasaba horas pintando lo que sus ojos percibían. Pero el Flaco no sólo era admirado por los aficionados al arte, sino que a través de sus cuadros logró el reconocimiento del propio Ayuntamiento de La Coruña, que lo contrató como director del Grupo Argentino de Tangos, a mediados de los 90. Al espectáculo lo llamó “Carta abierta al tango: pensamientos de un joven argentino” y consistía en su hijo, que vivía allí con él, escribiéndole una carta al tango, mientras Alberto le explicaba al público en qué consistía esta danza popular; sus orígenes, el desarrollo, cómo bailarlo.
Estas dos pasiones, los pinceles y el fuelle del bandoneón, los colores y el sonido, coexisten permanentemente en la vida de este joven bohemio de 66 años. Tal es así que Alberto Bono es reconocido mundialmente como “el pintor del tango”, ya que la mayoría de sus obras retratan escenas del dos por cuatro: “Pinto lo que veo y lo que imagino. Me gusta mucho improvisar, soñar, volar. También trabajo con modelos vivos, entonces el contexto que se genera, crea otra atmósfera distinta a la que podría llegar a imaginar; te transporta. Pensás: <Acá no llegué nunca>”.
Pensando que lo iba a poner en un apriete le pregunté a quién prefería, si a Alberto Bono, el pintor; o a Alberto Bono, el músico y muy tranquilo, me contestó: “Sólo prefiero a Alberto Bono, haga lo que haga, pero que sea Alberto Bono. A mi trabajo le pongo todo, mi entrega es total. Vivo el hoy, mañana no sé. Tengo el placer diario de convertir lo que tenga en algo. Me levanto siempre pensando en qué voy a hacer”.
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